martes, 24 de mayo de 2011

Y acá estoy yo otra vez, logrando que alguien me mire. Cuando queres que alguien te mire, no te importa ninguna otra mirada, vos queres esa mirada y ninguna más. Pedimos a gritos desesperadamente que abran sus ojos y nos miren, que nos vean, que vean como sufrimos, que vean nuestro dolor y que así, nos comprendan. Hacemos enormes esfuerzos para no necesitar de nadie, para no necesitar de una mirada para poder existir.Pero aunque no queramos, somos esclavos de esa mirada, la necesitamos como necesitamos al aire. Hacemos cualquier cosa con tal de lograr atraer esa mirada, intentamos ponernos en el campo visual del otro, quisiéramos tener un reflector que nos ilumine cuando estamos cerca de esa mirada, quisiéramos brillar para lograr ser mirados. Lo curioso es que los ojos que más nos obsesionan son los que no nos pueden mirar. Los que sabemos que nunca nos miraron y que nunca nos van a mirar. Esos ojos imposibles. Pero la mejor mirada no es la que se nos niega; sino esa mirada que no podemos ver, esa que ignoramos distraídamente. Esa mirada inesperada, sorpresiva, inexplicable. Esa mirada que nos ve cuando no nos sentimos mirados y por lo tanto nos mostramos mejor. Esa que nos observa siempre que nosotros buscamos otra mirada. Que no se rinde, que nos busca aunque sea difícil encontrar nuestra mirada. Una mirada capaz de atravesar la máscara y ver lo que hay detrás de ella. Es imposible que nos mire a una mirada vacía, vaciada. Pero lo queramos o no somos esclavos de esa mirada porque todos somos luces apagadas que solo se encienden cuando alguien nos mira.




No hay comentarios:

Publicar un comentario